Nací un calurosísimo verano en
Cáceres, allá por los años finales de la
mágica década de los 80 (la de Mecano y la del «Destape», que yo no viví). Se puede decir que me tocó venir al mundo en pleno centro de la capital, en la
calle del General Primo de Rivera (el primer Dictador de España, que como su nombre indica, dictó bajo los auspicios del rey Alfonso XIII ―Borbón tenía que ser― entre 1923, cuando nació mi abuela, y 1930, poco antes de proclamarse mi querida Segunda República).
Justamente en frente de la hoy desaparecida
Clínica San José (donde tuvo lugar el feliz acontecimiento, literalmente bañado en
sudor y lágrimas) se encuentra el edificio más horrendo de cuantos sirven a la Administración estatal en la ciudad, un engendro denominado
«Servicios Múltiples Ministeriales» aun cuando poco ministerial quedara allí ya: Extremadura se había levantado de su somnolencia y empezaba su andadura autonómica. Nací a la vez que renacía la conciencia regionalista, olvidada y maltratada desde el siglo XIX, cuando alcanzó su esplendor.

El caso es que por escasamente una hora me tocó que en mi DNI ponga
seis del seis (un tercer seis hubiera sido fatídico ¿no?). Se ve que yo no quería nacer, hicieron falta ventosas y mi madre por poco no lo cuenta.
Todos lloraron, incluso mi padre, pero gracias a Dios todo salió bien después del susto, con un ramo de rosas de por medio. Hoy no quedan ni los cimientos de aquella clínica, que por ser privada no tenía nada de especial ni de moderna. En su lugar, cómo no, un banco, el
Bebeuvea.
Me gusta especialmente este rincón de la ciudad moderna pues a pocos pasos de la marquesina azul se encuentra una
escultura escuestre de Hernán Cortés (Medellín, 1485 - Castilleja de la Cuesta, 1547), el célebre conquistador extremeño, realizada por otro grande extremeño, Enrique Pérez Comendador. La estatua fue puesta allí un año antes que yo. Cortés derrotó a Moctezuma y al Imperio Mexica en aquella famosa
Noche Triste. Nueva coincidencia. Cinco metros de altura y cinco toneladas recuerdan a este hombre en el lugar donde yo nací. Mi talla y peso al nacer me hicieron conseguir,
motu proprio, mi primer sobrenombre:
«Gran Capitán». Fui todo un acontecimiento, todos y cada uno de los que allí se encontraban pasaron a verme.
¿Cómo no ser, pues, un
conquistador como él?
Una presentación muy original. No solo eso, tienes tintes de escritora y publicas un blog muy ameno e interesante, me sorprendió ver la campania de apoyo a Hilary Clinton. Que tengas un Feliz Anio 2007 y nos sigas ofreceindo informacion importante. Adios.