| martes 31 de enero de 2006 |
| Lutero |
 Ayer vi la película Lutero (de Eric Till, Alemania, 2003). Sí, ya sé que es un poco tarde pero es que no tengo demasiado tiempo. Es más bien una especie de hagiografía del revolucionario clérigo alemán que hizo tambalearse a la mismísima Iglesia de Roma. Sin embargo, quitando esa paja propagandística, podemos ver un retrato humano de un hombre profundamente convencido de sus creencias que ve con espanto cómo los propios miembros de la Iglesia manipulan y ajustan el mensaje de Cristo a sus intereses políticos y económicos. Lutero se revela contra una Iglesia corrupta y desvirtuada que sólo se postra ante un único Dios: el dinero.
Vemos muy bien el horror que sintió el agustino cuando llegó a Roma videre Petrum y lo que encontró fue más bien Petrum apud meretrices. La inmundicia de una Iglesia amancebada y cegada por la venta de toda clase de indulgencias y bulas (hipoteca para un pedazo del Paraíso) le atormentó tanto que se vio obligado a protestar. Escribió sus Noventa y cinco tesis y fue a colgarlas en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg, donde ostentaba una cátedra de Teología.
Este estudioso de las Escrituras comenzó una revolución tras la cual una Iglesia que se declaraba católica (en griego «universal») dejó de serlo. En la película se bien muy bien como los cardenales y el mismo papa León X se retuercen y recalcitran ante la amenaza que ese loco alemán supone para su tesoro. Recordemos que en esta época los títulos eclesiales se daban al mejor postor (incluido el de Pontífice). Se declaró la quema de todas sus obras (un método muy del gusto de la Iglesia, ése de quemar libros) y se le excomulgó.
Ante la agitación popular que causó, pues gran parte del pueblo alemán se puso de su parte, el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, Carlos V, le citó en Worms para que se retractase de sus denuncias y sus escritos. Lutero se negó y les invitó a buscar en las Escrituras argumentos que fueran en contra de los suyos propios. El exacerbadamente católico emperador se encoleriza. El protestantismo fue como una úlcera constante en él. Como el hígado de Prometeo que es roído por el águila. No tuvo más remedio que dar libertad a los príncipes alemanes para que dispusieran la religión oficial en sus territorios según su voluntad, viendo que no estaban ni de su lado, ni del de Roma.
Este monje alemán era profundamente creyente, y defendió que la Iglesia debía estar siempre cerca del pueblo, repartiendo caridad y no cobrándoles estipendio por la salvación. Osó meterse con la todopoderosa y corrupta jerarquía romana y sus excesos, su falta de caridad, su cinismo y su avaricia. Pugnó por una vuelta a las Escrituras y a Cristo, rechazando el misal y la pompa, las reliquias y la autoridad del Papa.
Volviendo a lo estrictamente fílmico, decir que Joseph Fiennes no se parece ni por asomo al Lutero de Lucas Cranach y Hans Holbein el Joven y de las descripciones que tenemos del corpulento clérigo. Sí aparece sin embargo su carácter rebelde y entusiasta, su mal genio, su dominio de la palabra y el tono mordaz y atrevido de sus prédicas. Era un hombre de principios y muy coherente con ellos. Me gustó el Carlos V (Torben Liebrecht) que aparece como un hombre timorato y obtuso, muy bien vestido eso sí, y nada moderado en su catolicidad, en la que fue educado desde niño.
Un personaje histórico que, sin duda, sirve para abrir los ojos. La Iglesia ha cambiado con el tiempo, pero creo que a estas alturas aún sigue pareciéndose a la del s. XVI. Con métodos más sutiles, eso sí. |
lo observó Sdan a las 18:24   |
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