 Era también Viernes Santo cuando la exaltación de la pasión de Cristo se permutó por el júbilo que celebraba el primer bienio de democracia y República en España. En 1933 eran ya demasiadas las voces que se alzaban por doquier contra un gobierno reformista e intelectual que intentaba transformar España en pocos años para equipararla con las demás democracias europeas, que venían siglos haciéndolo de manera relajada. Eran tantas las ganas y tantos los esfuerzos, pero tan escasos los apoyos, que las medidas fueron minando la aceptación del régimen parlamentarista republicano. La exacerbación de la derecha, escandalizada por las medidas sociales y la ampliación de los derechos civiles, antes reservados a sólo unos pocos privilegiados, contribuyó a destruir la República desde dentro y desde arriba, cuando la ocupó en noviembre de ese mismo año. Qué decir de los militares y los militaristas, ensimismados por las ideas totalitarias y tiránicas del creciente fascismo y del incipiente nazismo, tan empeñados en copiar para recuperar esa época perdida en la que decidían los cambios de Gobierno y controlaban todos los ámbitos de la vida civil.
Cómo no reconocer la labor ingente de esos hombres inteligentes y valerosos comprometidos con los valores republicanos de democracia y justicia social: Prieto, Azaña, Zamora, Ortega, De los Ríos, Besteiro, Unamuno, Domingo… Conmemorar la Segunda República no es conmemorar un fracaso, como muchas veces he oído. Fracasó, cierto es, al igual que la primera. No fue por ganas, no fue por escasez de esfuerzos por la democratización de una España realizada en sí misma: fueron los tiempos, una era difícil en la que se cuestionaba de manera violenta la democracia y el parlamentarismo; fueron las formas de la derecha, incluso de la facción que se travistió de republicana para vigilar sus intereses; fue la propia tradición militarista violenta que venía decidiendo el destino del país desde tiempo atrás; fue también la precipitación por hacer el bien, por «regenerar» la Nación española, un exceso de buenas maneras pero también de medidas revolucionarias hoy lógicas pero entonces incomprensibles para una España analfabeta, sumergida en la «fe del carbonero» y escasamente congraciada con la idea de democracia desfigurada por Cánovas. La España actual debe demasiado a esa primera democracia auténtica del siglo XX. Aun cuando el Jefe del Estado viniera heredado del régimen dictatorial que demonizó para la posteridad la idea de Nación española, la idea de España misma, entendida ahora como represora catolicista y violenta de las culturas, lenguas e identidades que enriquecen nuestro país. Cuando España salga de su ignorancia de mojigata, abandone la mantilla y la alpargata y aprenda realmente a entender su propia historia para encontrar el camino hacia un futuro mejor y más libre, estará recuperando ―tal vez sin quererlo― el espíritu del 31. |