Noviembre, enero. Las inmutables fechas electorales de la democracia moderna más vieja del mundo. Hoy asumen sus cargos los 435 miembros de la Cámara de Representantes y los 33 senadores (el tercio que, de los 100, se renueva cada dos años) que salieron elegidos en las elecciones legislativas parciales del pasado noviembre en Estados Unidos.
Ambas cámaras del Congreso estarán bajo control demócrata. Pero en el Senado, el número de escaños es idéntico tanto para ellos como para los republicanos: cuarenta y nueve. La llave la tendrán los dos «independientes» que han prometido ir con los demócratas: Joe Lieberman, senador por Connecticut, y Bernard Sanders, senador por Vermont.
Éste último (nada conocido fuera de las fronteras) viene realizando desde hace unos años su particular revolución. Cuando Bernie fue elegido alcalde de Burlington (tras el fracaso de su primera candidatura al Senado), la gente empezó a decir que convertiría la ciudad más poblada de Vermont en la «República Popular de Burlington». Y es que Bernie, sin cortapisas, se autodefine como socialista en el país donde esta palabra sirve para designar al mismísimo demonio, Kim Jong-Il.
El senador Bernard Sanders
Pero Sanders fue reelegido tres veces sucesivas. Luego (1990) se presentó como candidato independiente a la Cámara de Representantes, donde el pequeño Estado de Vermont tiene un único escaño. Venció y fue reelegido siete veces. Y en noviembre, Bernie, con su aspecto desaliñado y una campaña no demasiado espléndida en fondos, venció a un multimillonario en la carrera hacia el Senado, logrando el 65% de los apoyos de sus conciudadanos. La historia de Sanders, judío y de origen polaco, no es menos que sorprendente. Vermont eligió durante más de 100 años a gobernadores republicanos y fue uno de los poquísimos Estados que no se rindieron ante el carisma de Franklin D. Roosevelt. Pero la era Reagan y su exacerbado conservadurismo lograron que el «Estado del Monte Verde» cambiara de rumbo.
El bueno de Bernie ha matizado (tras el revuelo mediático) que él es un socialdemócrata: «lo que el socialismo democrático significa para mí, es que el gobierno debería jugar un papel importante para asegurar a cada trabajador un nivel de vida conveniente, para lograr eliminar la pobreza, reducir la brecha entre ricos y pobres, y proteger el derecho de los trabajadores al ocio y a una cierta cantidad de días festivos remunerados. En todos esos campos Estados Unidos debe de aprender de Europa y de Escandinavia para avanzar hacia una sociedad más equitativa».
Y yo sólo puedo quitarme el sombrero ante Bernie. Chapeau!
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Olé. Ojalá en EEUU siguieran más su camino:una socialdemocracia responsable.